Invasiones abiertas y veladas de la nación mexicana

Un 11 de septiembre hace 100 años, en plena efervescencia revolucionaria, nació José Luis Ceceña. Eran tiempos turbulentos. La Convención de Aguascalientes había evidenciado visibles contradicciones entre los diferentes proyectos de futuro de las fuerzas revolucionarias y tanto la unidad de la nación como su derrotero estaban en disputa.

La Primera Guerra Mundial, a su vez, delineaba los nuevos equilibrios de fuerza y abría la arena de dispu­ta hegemónica de la era de la gran industria. Estados Unidos, orientado por la doctrina Monroe, afianzaba su posición en la zona del gran Caribe con 1) la instalación de la gran base de Guantánamo (1901), la primera de sus bases militares foráneas en el mundo y colocada en lo que se ha llamado la llave del Caribe; 2) la imposición de condiciones de subordinación de los países que apenas ingresaban a la vida independiente, como la inefable Enmienda Platt en Cuba (que daba a Estados Unidos derecho a disponer de las tierras que necesitara y a introducir tropas y equipo militar sin restricciones), y 3) la inauguración del Canal de Panamá, fiel de la balanza del futuro mercado mundial.

Estados Unidos se convierte en el dueño de los destinos de América, por lo menos hasta Panamá, y con ese soporte va a una guerra mundial a disputar el liderazgo global.

Semejante vecino para una nación que apenas alcanzaba a definir sus equilibrios internos era una tremenda amenaza, que se combinaba con las diferencias de concepción de las fuerzas revolucionarias. Intervenciones como la de Veracruz eran acompañadas por las menos visibles de diplomáticos, empresarios, periodistas o expertos variados, que penetraban a los distintos grupos y jugaban, desde entonces, a impedir entendimientos y fragmentar.

A mi padre le preocupó siempre la intervención velada, que colonizaba desde dentro, la que venía con las inversiones, con la publicidad, con los cambios vertiginosos en los modos de vida y la aceptación del American way of life.

No puede haber pueblo soberano incapaz de generar sus propios proyectos colectivos y las bases materiales de su reproducción, insistía desde sus artículos en Siempre!, en Excélsior, o en sus conferencias y cursos en la UNAM. La soberanía alimentaria, el uso de tecnologías propias y la producción de acuerdo con la cultura y necesidades propias, la educación libre, crítica, abierta y, sobre todo, la salvaguarda de las riquezas de la nación, eran componentes indispensables de la construcción de una nación libre e independiente.

Las inversiones extranjeras habían empezado a fluir un poco antes de iniciado el siglo XX. Llegaron a instalar ferrocarriles con contratos leoninos que entregaban parte del territorio nacional; a su paso se construían socavones para extraer minerales; se impulsó la producción agrícola de enclave que se llevaba los productos de la tierra y del trabajo hacia el exterior del país. Eran inversiones que casi no traían pero se llevaban mucho, como se asentaba en sus investigaciones y libros, algunos convertidos en libros de texto en las preparatorias y CCH.

Los mayores problemas de una economía organizada en torno a estas inversiones están en la desestructuración comunitaria que implica el arrasamiento del territorio o la deslocalización de los trabajadores, y en el cambio de patrones de consumo y modos de vida. Cambiaban tradiciones, imaginarios, modos de alimentarse, de relacionarse con el entorno, de curarse con las plantas, de criar animales, de pensarse políticamente. Además de generar desposesión material y cultural.

Estados Unidos se encontraba en plena expansión… hacia abajo. Territorialmente se movía ampliando sus fronteras para anexarse la mitad que quedaba del espacio mexicano. Pero provocaron una revolución.

El pueblo de México existía, y era capaz de organizarse frente a esa invasión, como lo sería algunos años después para la recuperación de sus riquezas petroleras. No fue sólo el presidente Cárdenas, fue el pueblo en su conjunto quien hizo esa expropiación aportando sus haberes y recuperando dignidad, junto con la capacidad soberana de definición de un proceso económico que iba siendo enajenado rápidamente.

Para Ceceña, ahí empezaba otro momento prometedor de la historia de México. Los desafíos eran muchos. Una vez recuperado el petróleo se tenía la fuerza soberana para dirigir la economía, para trazar políticas económicas que tendieran al desarrollo y que beneficiaran a las grandes mayorías. Con el petróleo de su lado, el Estado debería ser capaz de poner condiciones a los capitales extranjeros, preservando el bienestar nacional.

La posesión del petróleo, y su uso inteligente, disminuyen notablemente la dependencia con respecto al exterior y amplían los márgenes de autodeterminación en todos los sentidos.

El proceso no necesariamente caminó en esa dirección. Políticas miopes o ilusionadas con una rápida industrialización, o simplemente el desprecio por la economía campesina y por el ejido en aras de favorecer modos más capitalistas de producir en el campo, sacrificaron la autosuficiencia alimentaria, que era una de las bases sólidas de reproducción interna. Los monocultivos y los químicos arrasaron las tierras mexicanas y desestructuraron las sociedades rurales, y nuevamente eso generó condiciones de dependencia que no han dejado de profundizarse.

Los alimentos se encarecieron y la alimentación se fue precarizando. Los venenos llegaban a las mesas junto con una variedad cada vez menor de productos.

Llegamos al siglo XXI sin la soberanía alimentaria por la que tanto peleó Ceceña, aunque con importantes luchas por la defensa de las semillas criollas y en contra de los transgénicos; el petróleo dejó de ser el patrimonio de la nación y la garantía del desarrollo para dilapidarse en la corrupción e irresponsabilidad más groseras que hayamos conocido.

Ceceña era maestro normalista, como los 43 + 3 de Ayotzinapa. Fue un huérfano de la Revolución que estudió en orfanatos antes de llegar a la escuela normal. Era un convencido de la importancia de las normales rurales, las escuelas del pueblo, las que permitieron que los niños del campo aprendieran a escribir y a leer. Eran las escuelas donde se abrían en libertad las mentes y los corazones y hoy quieren cancelarlas. Todo lo que él señalaba como peligros para la nación mexicana se convirtió en líneas centrales de la política estatal. Hoy él cumple 100 años y los desaparecidos de Ayotzinapa casi uno. Y nosotros, ¿dónde estamos?

Fuente: La Jornada 12 de septiembre 2015

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