La sociedad hacia el vacío

 

La sociedad hacia el vacío*

Guadalupe Andrade Olvera (Facultad de Economía-UNAM-México)

David Barrios Rodríguez (OLAG-UNAM-México)

 

 Sucumbiremos sin haber aprendido nada. En todos nosotros, en lo más recóndito, parece haber algo granítico e incorregible. Nadie cree realmente, pese a la histeria de las calles, que estén a punto de destruir el mundo de tranquilas certezas en que hemos nacido.

John Maxwell Coetzee, Esperando a los bárbaros

I

La disputa durante poco más de dos siglos entre la derecha e izquierda política (distribución con una fuerte carga simbólica, más allá de su origen en la Revolución Francesa) también fue uno de los ámbitos de transformación en las postrimerías del siglo pasado y los inicios del actual. Como fue señalado de manera temprana por Immanuel Wallerstein, el fin del mundo bipolar, más que demostrar el ocaso del proyecto socialista, marcó el final del liberalismo, o como prefiere definirlo el pensador estadounidense, de la geocultura del sistema mundo que incluyó en su seno las distintas ideologías dentro de la visión de mundo que conocemos como modernidad (Wallerstein, 1996). A partir de ese momento mucho se ha escrito sobre una modificación sustancial en el proyecto que se reconocía como izquierda política y que estuvo basado, entre otros elementos, en la disputa por el control del aparato estatal y las formas de lucha y organización construidas en los siglos XIX y XX. Aunque no es objetivo del presente texto establecer un relato de las derivas de este tipo de iniciativas en nuestra región, consideramos pertinente realizar balances sobre esa tradición que con expresiones tan diversas, combativas y creativas, también asistió a innumerables derrotas (Traverso, 2016), lo que en caso de ser asumido, puede hacer posible para las nuevas generaciones establecer rutas basadas en la necesidad de radicalidad y creatividad, en pos de la apuesta más urgente de nuestro tiempo que es la defensa de las distintas expresiones de la vida.

Lo que resulta innegable es que entre finales del siglo pasado y comienzos de la presente centuria se ha extendido un discurso asociado con las élites económicas y la clase política a nivel mundial que ha aprovechado tanto el desconcierto imperante, como el ingreso en lo que puede ser considerado como un cisma, tanto de los preceptos tradicionales en torno a la modernidad, el desarrollo y la idea de progreso, como de las condiciones generales de reproducción social. Es decir que nos encontramos en un momento de peligro, que advierte la imposibilidad de garantizar la continuidad de la vida tal y como la hemos conocido hasta ahora, lo que ha sido planteado como una crisis civilizatoria o bien como posibilidad de colapso (Taibo, 2018).

En el primer caso nos encontraríamos no frente a una de las crisis cíclicas del capitalismo, como la que tuvo lugar a comienzos de la década de los años ochenta, ni aquellas que exigen la reestructuración de éste como fueron la de 1929 o la de comienzos de la década del setenta; sino de una crisis sistémica que exige una transformación interna profunda y que no necesariamente implica la defunción de este modo de producción (Baschet: 2015) En relación a ello, ha sido señalado que el mundo que pare nuestro presente, puede conformar uno donde se incremente aún más la explotación humana y la destrucción de la naturaleza.

En la perspectiva de la “colapsología” no habría ya alternativa de regenerar lo destruido hasta ahora y dicha irreversibilidad del proceso afectaría las relaciones sociales, impactando además el volumen poblacional y de la biodiversidad. En especial se alude a la incapacidad de estabilizar el metabolismo ecológico y todas las repercusiones que esto tiene en términos de la desaparición masiva de especies, incluyendo la humana. Además, lo que sería específico de la sociedad contemporánea es que estas afectaciones tendrán un carácter general y no acotado, como en momentos previos, a un determinado contexto regional. Esta problemática recién comienza a ser visibilizada, por ejemplo a través de las luchas de los pueblos originarios o de la emergencia de la Extinction rebellion, así como de estudios científicos que señalan que de hecho nos encontramos frente a la sexta extinción de especies (Carrington, 2017).

Ante la debacle del liberalismo y de la izquierda tradicional o convencional, parecería plausible pensar que lo que reaparece y toma fuerza es el conservadurismo, pero ahí resulta preciso caracterizar su conformación actual, porque en este caso comportaría expresiones  políticas y sociales “tradicionales”, pero desbocadas ahora a la mercantilización de todo lo que sea posible, incluidos ámbitos que la figura del Estado Nación tendía a proteger antes de su refuncionalización aparejada con la prédica neoliberal. Aun así habría que evaluar la recuperación de elementos del conservadurismo que resurgen a partir de una agenda social que remite a una cierta retracción histórica, caracterizada por el ataque en contra de la diversidad y la promoción de la deshumanización, lo cual se verifica en el menosprecio y persecución de sujetos minorizados, como es el caso de identidades racializadas, sectores populares, militantes de la diversidad sexual, migrantes, indígenas, cuerpos feminizados, entre otros.

Aunque es tarea ardua anticipar las agresivas mutaciones en ciernes, pensamos que nos encontramos frente a una sola catástrofe cuyo eje articulador es un ataque sistemático contra la vida, que comporta diferentes manifestaciones pero que comparte la instalación de sentidos sociales que amplifican y normalizan su carácter destructivo. Entre estos consideramos pertinente establecer una distinción entre expresiones de carácter pasivo, como la que vuelve ineluctable el ecocidio del que somos cómplices y que está relacionado con los modos de vida alienantes producidos por el heterocapitalismo (uso de combustibles fósiles, procesos intensivos de producción y consumo de mercancías nocivas, alimentos y valores de uso tóxicos). En lo que respecta a las vertientes que enunciamos como activas, nos preocupa la interiorización cultural de la competencia, el individualismo y la crueldad que refuerzan mecanismos de violencia disciplinadores que por añadidura, resultan crecientemente naturalizados en regiones del planeta como América Latina y el Caribe. Pensamos que esto forma parte de una guerra por la preservación de los privilegios de las élites en un contexto de monopolización sobre los recursos planetarios, formulados en proyectos de “gobernanza” mundial y administración integral de recursos. Nos enfrentamos nuevamente a una disputa por la reorganización del proyecto capitalista en crisis que calcula la proximidad de los límites planetarios y de sus recursos considerados estratégicos. Frente a ello se vuelve necesario, para quienes disputan el poder, profundizar los mecanismos de control y gestión de la vida, que ahora reconocemos abiertamente genocidas y ecocidas. Estos se expresan en proyectos políticos contradictorios que reeditan ideologías tradicionalmente asociadas al conservadurismo o a la extrema derecha, y que parecen estar redefiniendo existencias precarizadas (es decir de carente o nulo valor social), vinculados a construcciones históricas como la clase, la raza y el género. Para dichos sectores se ponen en funcionamiento mecanismos que rechazan de manera rotunda el acceso a derechos fundamentales, haciéndolos ingresar inclusive en lo que puede ser definido como un umbral de desechabilidad.

En relación a lo anterior nos preocupa tanto la proliferación de personajes en posiciones de liderazgo político que alientan esta clase de prejuicios, como el respaldo social que se ha mostrado en diversos países a esta clase de proyectos. Pensemos en los discursos de odio contra migrantes y mujeres, anclados también en un elitismo caricaturesco, así como las vociferaciones misóginas, racistas e intolerantes respecto a las expresiones de izquierda, como en el caso de Donald Trump, Jair Bolsonaro o como ocurrió con uno de los contendientes a la última elección presidencial en México (denominado “el Bronco”) quien se popularizó por señalar que promovería la amputación de las manos a quien cometiese el delito de robo. Consideramos que estas diatribas adquieren resonancia social a partir de la invocación de miedos y fobias difundidos mediática y gubernamentalmente, pero al mismo tiempo es claro que carecen de todo principio de solidaridad, o de conformación de tejido social. En términos generales la adhesión a este tipo de iniciativas políticas es resultado de la identificación con el principio de la salvaguarda de la propiedad privada y de valores hegemónicos construidos a lo largo de décadas o siglos entre los que mencionamos sentidos en torno al desarrollismo, crecimiento económico, aprovechamiento ilimitado de recursos naturales, antropocentrismo, especismo, nacionalismo, supremacías raciales y el  heteropatriarcado.

Pensamos que esta ruta iniciada a finales del siglo XX nos conduce hacia un abismo, un vacío social que cada vez comportará expresiones más atroces y cuyos mecanismos de profundización y regularización es preciso indagar. Es por ello que deseamos destacar un par de vertientes de este proceso retrógrado que está teniendo lugar en distintos espacios y países de la región. En primer lugar, la militarización de nuestras sociedades que articula el apuntalamiento del patriarcado y en relación a ello, distintas expresiones de intolerancia y violencias contra el movimiento feminista que tienen lugar a lo largo de América Latina y el mundo. En ambos casos esto supone graves retrocesos sociales que es preciso analizar, denunciar y detener.

 

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Tipo de contenido geopolítica